Semana con pocos progresos significativos. Entre otras cosas porque ha sido más corta. El lunes fue festivo. Hemos hecho algunas mejoras pero no las suficientes como para justificar una entrada en esta bitácora.
Por ello, aprovecharé para contarte una historia. Una de chavales adolescentes.
En aquel entonces, acababa de llegar a Madrid. Yo solo. Sin mi familia. Quería estudiar informática en la Universidad Politécnica de Madrid. Y para ganar puntos de cara a la admisión, donde vivías importaba. Así que me trasladé en mi último año del instituto para vivir en Madrid y conseguir esos puntos. La nota importaba pero no era lo único en el proceso de acceso a la Universidad.
El hecho es que la primera persona que conocí, David, era lo que comúnmente conocemos como bicho raro. Ahora que lo pienso, hay varios David en diferentes etapas de mi vida, y casi todos ellos están relacionados directamente con las matemáticas. ¿Casualidad? Volviendo a este David en concreto, tuve el placer de convivir ese año con él. Luego, nuestros caminos se separaron. Como dos rectas que se cruzan en un único punto de su trayectoria vital.
David era compañero de clase. Un crack. No lo sé con exactitud pero siempre he asumido que era un superdotado. Pelo entre rubio y gris. Ojos claros. Mirada profunda e infinita. Distraído. Como si llevara puesto el cartel de no molestar, estoy pensando. Y, sin embargo, muy cercano cuando lo conocías.
A David le gustaba jugar al fútbol. Pero aún más, o quizás por eso, le gustaba la física y la matemática del balón de fútbol. La fuerza del golpeo, la parábola que describe, sus efectos en función de cómo lo golpees. Si se obsesionaba con algún concepto de esos, era capaz de saltarse una clase para explorarlo en el patio con su inseparable pelota. Le fascinaba.
Una vez, cuando aún no tenía confianza con él, me quedé observándolo casi una hora, como golpeaba con todas sus fuerzas la pelota hacia arriba. Con una trayectoria casi perfectamente vertical. Para luego, sin dejar de mirarla, colocarse justo donde iba a caer y poner su pie amortiguándola para dejarla mansamente en sus pies con un solo gesto. Y así una y otra vez. Creo que todo el tiempo solo utilizó una superficie equivalente a 3 metros cuadrados. Era hipnotizante.
Cuando se cansó, me acerqué a él
—Hola, ¿qué hacías? —le pregunte con curiosidad honesta.
—Calcular la fuerza de amortiguación exacta que tengo que aplicar para contrarrestar la caída y que el balón quede muerto a mis pies instantáneamente —respondió con naturalidad, como si fuera un ingeniero de la nasa.
—¡Pareces un jugador brasileño!—agregué admirado por el nivel de perfección que le había visto.
—¡Qué va! —dijo sonriendo humildemente— No consigo que sea instantáneo. Y tampoco queda justo a mis pies.
Yo no detecté esas deficiencias. Pero David era así. Y ese fue el comienzo de muchos ratos juntos.
A mí, en cambio, me interesaba más la física del pase. Los conceptos que intervenían en que la pelota se trasladase al sitio concreto y preciso que yo quería. No aproximadamente. Exactamente. Situaba una X virtual y podía pasarme una tarde explorando como repetir con precisión llevar la pelota a ese punto. Me daba por satisfecho cuando conseguía hacer series de 10 sin fallos. Si fallaba una, volvía a comenzar la serie.
A David le fascinaba contrarrestar la gravedad y mí la precisión del movimiento. Y esas cosas hicieron que fuéramos coincidiendo en el patio y comenzara a forjarse nuestra amistad. A veces en el recreo. A veces después de las clases. Y algunas pocas incluso antes de ellas. Nos íbamos a alguna de las pistas más retiradas y vacía para practicar variaciones de los experimentos que ya te he descrito.
Podría decirse que el lazo principal era el intelectual. Todos los recuerdos de David que me vienen a la cabeza tenían que ver con un interés o curiosidad en ese plano.
Además de los aspectos físico-matemáticos del fútbol, compartíamos interés por la incipiente informática.
David tenía un PC mientras que yo seguía con mi MSX. Para los no iniciados, ambos eran ordenadores de la misma forma que un Seat Ibiza y un Fórmula 1 son coches. Mi MSX era el Ibiza. Hasta entonces nunca había visto un PC real. Ni había tocado un disco de almacenamiento, ni sabía lo que era la disquetera por donde se insertaba. Vivía aún en el mundo de las cintas. Un PC solo lo tenían unos pocos afortunados. David era uno de ellos. Mi primer PC aún tardaría dos años en llegar. Fue en el SIMO, pero esa es otra historia.
Como teníamos plataformas diferentes e incompatibles para intercambiarnos programas, nuestra colaboración en términos de programación software se limitaba a explorar ideas conceptuales. Parecido a lo que hacíamos con la pelota pero para aplicarlo a videojuegos.
Recuerdo llegar alguna tarde a su casa, subir a su habitación y encontrármelo tirado en el suelo con una bola de billar y una regla.
—¿Qué haces ahí tirado?
—Tomo medidas para calcular el rozamiento en el parquet y en la alfombra —me respondía mientras hacía una anotación en su cuaderno de espiral tamaño A4.
Y como si fuera el juego más divertido del mundo me tumbaba en el suelo a ayudarle con aquella investigación. Luego me enteraba que era porque quería desarrollar un videojuego de billar y quería que la física fuera realista.
Ese tipo de proyectos se podían implementar en un PC, pero era muchísimo más complicado hacerlo en un MSX por muchas razones, entre otras por recursos, potencia y velocidad de desarrollo. En ese tipo de proyectos era más sensato colaborar para implementar en PC.
Otro proyecto supuso mi primer contacto real con la IA. Conocía el concepto por las películas como TRON o Juegos de Guerra, pero no tenía ni la más remota idea de como se podía hacer realidad más allá de establecer un conjunto de reglas de comportamiento. Así que, en modo amateur, considero que ese fue mi primer acercamiento a una IA en el contexto de un videojuego.
El videojuego en sí era como el PACMAN pero con variaciones. Tengo la imagen en la retina. Perspectiva isométrica de una ciudad del tamaño 10 veces la pantalla del PACMAN. Con muchas calles y bloques de edificios paralelepípedos rectangulares rectos de tamaños diversos.
Como jugador asumías el rol de un ladrón que debía escapar de cuatro coches de policía que trataban de acorralarte. El juego finalizaba cuando te pillaban. Los coches también eran paralelepípedos rectangulares rectos que se movían a gran velocidad. Los movimientos eran simples. Las cuatro flechas del teclado marcaban la dirección para tomar una calle, girar, avanzar, retroceder. La velocidad de los coches era constante y creo recordar que idéntica para no tener ventaja o quizás un poquito mayor la del jugador. No estoy seguro. Era más importante la decisión de por donde ir que el hecho en sí de la velocidad.
Todo en diferentes tonos de grises. El aspecto era como una peli en blanco y negro. Pero eso no era lo prioritario. Lo importante era la velocidad de movimiento y la inteligencia de los policías (NPCs) para acorralarte.
El reto estaba en aguantar el mayor tiempo posible sin que te cogieran.
Debimos hacerlo bastante bien. Creo que el récord de tiempo sin que te atraparan era de menos de 20 segundos. Recuerdo perfectamente nuestra cara de satisfacción cada vez que la policía nos cogía aún poniendo toda nuestra habilidad en la huida. Por un lado perdíamos en cuanto a habilidad en el juego. Pero era mucho mayor la satisfacción de ver como habíamos construido a los NPCs de tal forma que nos vencían una y otra vez. Es una sensación extraña. Perdías y a la vez ganabas.
Con David acudí por primera vez a la Feria del Libro en el Retiro de Madrid. Mi primera feria. Y mis primeros libros en la feria más famosa de España en cuanto a libros se refiere. Era un día de mediados de junio. Sábado. Caluroso. Muy caluroso. De los de más de 30 grados en la meseta. Tenía claro el tipo de libro que buscaba. En aquella época donde Internet no existía, el conocimiento solo lo podías encontrar en las personas o en los libros. Y yo necesitaba aprender una cosa que solo podía estar en un libro. Me costó encontrarlo pero lo conseguí. Al final no compré un libro. Compré dos. Porque las oportunidades hay que aprovecharlas. Y no fueran de Fantasía ni de Ciencia-Ficción.
¿Adivinas la temática?
Pues fueron libros de programación en código máquina de mi MSX. Si no estás familiarizado con el concepto podría decirse que el código máquina es el lenguaje más cercano a las señales eléctricas (ceros y unos) que entiende un ordenador.
Mi primera Feria del Libro. Mis primeros libros de programación ‘profesional’. Aún los guardo con cariño.
Pocos días después hicimos las pruebas de acceso a la Universidad (entonces denominada Selectividad y ahora EBAU). Aprobé y me dieron acceso a la Facultad de Informática de la UPM como era mi deseo. Tras esto llegaron las vacaciones y regresé a casa de mis padres para pasar el verano.
En Septiembre volví a Madrid y con todos los papeleos de acceso a la Facultad y demás, no pude ir a saludar a David hasta Octubre.
Sus padres me dijeron que lo habían aceptado en la una Universidad inglesa. Me la dijeron pero no la recuerdo. Esas fueron las últimas noticias que he tenido de él. La Universidad separó nuestros caminos para no cruzarse nunca más.
A veces tengo añoranza de saber de David. Pero otras prefiero quedarme con los momentos gloriosos de aquel año. Momentos de descubrimiento, de curiosidad, de retos, de pasión por aprender, de superación. En una edad difícil para los estudios, la adolescencia, nos lo pasamos de fábula aprendiendo cosas maravillosas.
Si escuchas tu fuerza intrínseca, puedes ser imparable.
Te he contado esta historia personal porque muchos de sus elementos, con el paso de los años, los veo reflejados en Avademia. Mi pasión por los videojuegos y por la IA. Y, también, como la diversión es un potente agente motivador para el desarrollo personal y aprendizaje, así como hacerlo con tus amigos.
Pueden ser aprendizajes y experiencias tan poderosas que se adhieren a tu ser para toda la vida.
Nos vemos el viernes que viene.
Y recuerda.
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La semana próxima más.