Es de las frases que más angustia generan, y de las que peor se diagnostican. Casi siempre se resuelve mandando al niño a más sitios: apúntate a fútbol, sal más, esfuérzate por integrarte. Y con bastante frecuencia eso no solo no funciona, sino que empeora el asunto.
El motivo está en una palabra que usamos mal: igual.
Damos por hecho que los iguales de alguien son sus compañeros de curso, así que si un chaval de quince no encaja con los de quince, la conclusión automática es que el problema es suyo.
Pero un igual, en el sentido que importa, es alguien con quien puedes ir al mismo sitio: alguien que quiere lo mismo, a quien le interesa lo mismo y con quien se puede sostener la conversación más allá de la tercera frase. Y hay chavales cuyo sitio no está donde están sus compañeros de clase. No por soberbia ni por rareza: porque llevan dos o tres años de recorrido de diferencia en aquello que les importa.
Esto tiene nombre en la literatura sobre altas capacidades y se llama asincronía: el desarrollo intelectual, el emocional y el social no van al mismo ritmo, y ninguno de los tres tiene por qué coincidir con la edad del carné. Se puede ser encantador, tener sentido del humor y llevarse bien con todo el mundo, y aun así no tener con quién.
Antes de decidir nada, merece la pena comprobar si lo que falla son las habilidades sociales o el emparejamiento. La comprobación es fácil y solo pide observar unas semanas.
Si el problema fuera de habilidades sociales, aparecería en todas partes: también con adultos, también con niños más pequeños, también en el taller de robótica, también por escrito, también con la prima de dieciocho años.
Si en cambio conversa perfectamente en esos otros sitios y lo único que se atasca es el patio y el grupo de clase, entonces no falla él. Falla el emparejamiento.
Un par de señales más que apuntan a lo segundo:
Conviene decirlo con claridad para no caer en la trampa contraria, la de explicarlo todo por la capacidad: a veces sí hay una dificultad social real, y no verla por atribuirlo todo a la asincronía deja a un chaval sin la ayuda que necesitaría.
Merece una valoración profesional si aparece de forma sostenida: dificultad para leer las intenciones de los demás en cualquier contexto, conflictos repetidos con distintos grupos, malestar que crece, aislamiento que se generaliza también en los sitios que le interesan, o cualquier sospecha de acoso. Las altas capacidades y otras condiciones conviven más de lo que se cree, y esa combinación es de las que peor se detectan (lo contamos al hablar de la doble excepcionalidad).
Lo eficaz aquí es aburrido de contar y funciona: buscar iguales de verdad, activamente, aunque tengan otra edad o vivan lejos.
Y sobre todo, una idea que quita mucha presión: con encontrar a una sola persona suele bastar. La diferencia entre cero y uno es, con diferencia, la mayor de toda la escala.
Seremos honestos con nuestro propio producto: un videojuego no sustituye a un amigo, y quien diga lo contrario está vendiendo algo.
Lo que sí hace BLOOM es sostener el interés mientras aparece la gente. Es un mundo de exploración matemática donde la pregunta rara no interrumpe a nadie, porque es lo que toca hacer, y donde ADA, la inteligencia artificial que acompaña, no explica: pregunta. Para quien lleva todo el curso guardándose lo que descubre, no es compañía, pero tampoco es poco.
Los dos primeros capítulos son gratis y no piden tarjeta.