El coche apestaba a café frío y sándwiches a medio comer. Mamá llevaba una hora al volante en silencio, concentrada en las curvas de montaña que se acercaban. Papá dormía en el asiento del copiloto con la cabeza apoyada contra la ventana. En la parte de atrás, Luna miraba su móvil y Leo tenía la cara pegada al cristal, observando cómo desaparecía el último pueblo y llegaban esos paisajes enormes y vacíos que solo existen cuando viajas lejos de casa.
Era domingo por la mañana. Iban a casa de los abuelos.
—Hace frío —dijo Leo sin dirigirse a nadie. El termómetro del coche mostraba -3°C. En la radio decían que ayer la temperatura fue de 5 grados.
—Mucho frío —agregó mamá, ajustando la calefacción.
Leo pensó un segundo.
—Oye, una pregunta. Si ayer había 5 grados y ahora hay -3, ¿cuántos grados ha bajado?
—Ocho —respondío Luna levantand la vista del móvil.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó papá, con los ojos aún cerrados.
—Pues... lo sé —dijo Luna, encogiéndose de hombros. Esa era su mayor frustración: que su cabeza procesara las cosas demasiado rápido, como si los números tuvieran su propia lógica en su mente y ella solo fuera el mensajero. “Desde 5 hasta -3 van 8. Punto”.
Leo frunció el ceño.
—Pero cinco menos tres es dos, ¿no?
—No —dijo Luna perdiendo interés— Bueno, sí, pero eso es diferente.
Mamá cambió de carril, pensativa. A través del parabrisas se veían los primeros picos nevados, grises y blancos, emergiendo entre las nubes.
—Espera —dijo mamá de repente— Leo, ¿te acuerdas de ese edificio donde vivía la abuela antes? El que tenía sótanos.
Leo asintió vagamente. No sabía muy bien dónde iba esto.
—Imagina un edificio enorme. —continuó mamá, sin perder concentración en la carretera— La planta baja es el cero, ¿vale? Las plantas de arriba son números positivos: uno, dos, tres, cuatro, cinco. Y debajo de la planta baja, en los sótanos, tenemos números negativos: menos uno, menos dos, menos tres.
Pausa. Luna seguía mirando el móvil, pero Leo podía sentir qué vendría a continuación.
—Ahora bien —prosiguió mamá— si estuvieras en la planta cinco y quisieras bajar a la planta menos tres, ¿cuántos pisos bajarías?
Leo contó con los dedos, imaginando el edificio invisible. Cinco pisos hacia abajo para llegar a la planta baja, y luego tres pisos más abajo en los sótanos. Cinco más tres.
—Ocho —susurró Leo suavemente para acabar exclamando con júbilo— ¡Ocho! ¡Bajaría ocho pisos!
Luna miró a mamá en el espejo retrovisor con una expresión de alivio. Como si alguien hubiera traducido algo que llevaba tiempo queriendo expresar.
—Exactamente. —confirmó mamá— Así que -3 grados es como la planta menos tres. Y 5 grados es la planta cinco. Entre ellas hay ocho plantas de diferencia.
—Vale, vale —dijo Leo, mientras su mente viajaba rápidamente a otra parte ahora, visualizando pisos subterráneos fríos, con escaleras que se hundían en el hielo.— Pero espera, espera. Si es -3, significa que es más frío que -1, ¿verdad? Porque tres es más que uno.
Luna levantó de nuevo la cabeza.
—No. -3 es más frío. Porque es más bajo. Es como... deber dinero. Si debes siete euros, tienes menos que si debes tres euros. —le explicó.
—Pero siete es más grande que tres —protestó Leo.
—Cuando es deuda, no. —explicó Luna— Menos siete es peor que menos tres.
Papá, ahora completamente despierto, sonrió desde su asiento.
—Eso es. Los números negativos son raros porque su lógica está invertida en algunos sentidos. Mientras más grande es el número negativo, peor es realmente.
Leo miraba hacia afuera. Los montes estaban más cerca ahora, blancos y enormes. Imaginaba edificios con plantas subterráneas que se hundían bajo tierra. Imaginaba deudas, temperaturas, distancias medidas hacia abajo en lugar de hacia arriba.
—Es raro. —dijo finalmente.
—Los números negativos son raros. —acordó mamá— Los matemáticos antiguos ni siquiera creían que existieran realmente. Los inventamos para resolver problemas que la gente necesitaba: deuda, temperaturas bajo cero, cosas así. Pero tienen su propia lógica. Una vez que la entiendes, no es confuso.
—Como el edificio. —dijo Leo.
—Como el edificio. Exactamente —confirmó mamá.
El resto del viaje fue silencioso, pero era el silencio tranquilo de alguien que está procesando cosas, imaginando pisos subterráneos, contando plantas de sótanos. Luna volvió a su móvil. Papá volvió a dormirse.
P.D. Cuando llegaron a casa de los abuelos, una hora después, el termómetro del pórtico marcaba -7°C. Abuela había dejado una bebida caliente esperando en la puerta. Pero antes de entrar, Leo miró a mamá con una sonrisa tranquila.
—Planta menos siete.—dijo.
No necesitó ni siquiera pensar en ello. Solo contó los pisos del edificio imaginario, ese que ahora era tan real como los montes de alrededor.