Matemáticas Extraordinarias

La receta del abuelo

Para 50 croquetas: cómo hacer 20 con un huevo que no se puede partir en 1.2

March 20, 2026

La receta del abuelo Antonio

El comedor de los abuelos olía a ajo, a bechamel hirviendo, a huevos cocidos, a jamón recién cortado. Era domingo al mediodía. El abuelo Antonio estaba en la cocina con las mangas de la camisa enrolladas. Luna y Leo lo rodeaban. La semana en el colegio había sido dura. Miraban a su abuelo, curiosos, ávidos de aprender algo que no fuera a través de un libro. Su abuelo siempre les enseñaba cosas interesantes.

—Hoy vamos a hacer mis croquetas —dijo el abuelo, con esa seguridad tranquila que da haber hecho la misma cosa mil veces–. ¿Queréis aprender cómo las hago?

–¡¡¡Síiiii!!! –respondieron entusiasmados al unísono.

El abuelo sacó una libreta vieja, amarillenta por el uso. No era un recetario bonito. Era la libreta donde llevaba anotadas las cosas. Sus cosas. 500g de bechamel, 200g de jamón, 3 huevos, sal, pimienta, pan rallado para rebozar. La receta era para 50 croquetas.

—Pero abuelo —interrumpió Luna, mirando la libreta—, nosotros solo queremos 20. ¿Cómo lo hacemos?

—Pues para 20 croquetas —respondió con naturalidad, sin inmutarse, mientras medía.

Pero eso no era una respuesta. Luna ya estaba dividiendo mentalmente. Cincuenta entre veinte... es dos punto cinco. Entonces: 500 dividido por 2.5... 200 gramos de bechamel. 80 gramos de jamón. Y los huevos...

—Abuelo, aquí dice tres huevos. Si divido por 2.5... me da 1.2 huevos. ¿Cómo hago 1.2 huevos? —preguntó, genuinamente confundida.

Leo, que estaba observando todo en silencio, lo veía diferente. Y, tras dudarlo, se decidió a compartir su punto de vista.

—Yo lo haría diferente —dijo—. Veinte croquetas es... dos quintos de cincuenta. Dos quintos. Entonces... dos quintos de 500 es 200. Dos quintos de 200 es 80. Dos quintos de 3 es... —se detuvo, contando con los dedos— 1.2.

Luna lo miró. Habían llegado al mismo número, pero por caminos distintos. Ella multiplicando y dividiendo, él pensando en fracciones. El mismo 1.2 en ambos casos.

—Vamos a ver que ha pasado aquí —comenzó el Abuelo Antonio, sonriendo. Dejó de lado su cuchara y se apoyó en la encimera.

Hizo una pausa.

—Yo no sé nada de fracciones. Yo no sé de esos números raros. Pero sé que si quiero la mitad, pongo la mitad. Si quiero menos, echo menos. A ojo, ¿lo veis? Llevo sesenta años haciendo esto. Siento la proporción aquí —se tocó el pecho— sin escribir nada.

Hizo un gesto hacia la encimera. Había tres cuencos: uno con bechamel, uno con jamón picado, y el tercero con pan rallado. En un cazo, estaban los huevos cocidos ya pelados.

—Pero fijaos lo que hace el cariño. Ustedes –usaba esa forma antigua para dirigirse a ellos– tienen números exactos ahora. Yo, al principio, tenía que adivinar. Y a veces adivinaba mal. Las croquetas salían resecas, o con poco jamón. Ahora, ustedes van a saber exactamente cuánto poner. No tienen que adivinar.

Luna volvió a mirar la libreta del abuelo. Luego a Leo. Y finalmente, de nuevo al abuelo. Leo no apartó la mirada de su abuelo esperando la solución.

—El problema del huevo... Bueno, pues redondeamos —continuó como si fuera lo más obvio del mundo—. Uno o dos huevos, depende de lo que necesites. La receta es una guía, no una ley. –concluyó con la autoridad de su experiencia. Y es que las recetas de cocina no son algoritmos exactos. Son flexibles y cada cocinero aporta su interpretación personal.

Pasaron la siguiente hora así. El abuelo dirigiendo, Luna tomando notas con sus números precisos. Leo verificando que sus fracciones fueran correctas. Las croquetas se formaron en la mesa, cada una del mismo tamaño, cada una con la proporción correcta de relleno.

Cuando salieron del horno, doradas y crujientes, el abuelo las puso en un plato.

—Perfectas —dijo, probando una—. ¿Saben por qué?

Leo y Luna lo miraron orgullosos esperando lo que iba a decir.

—Por el cariño que pusieron. Y también... —guiñándoles un ojo cómplice con la ternura que solo los abuelos pueden dar— porque al fin, ustedes dos, mis pequeños chefs, aprendieron a hacer la mitad de una receta sin quemar la casa.

P.D. Las croquetas salieron perfectas. El abuelo dice que era por el cariño. Luna sospecha que era por las proporciones. Leo cree que el abuelo es un gran cocinero. Ninguno se equivoca. Todos tienen razón.

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