Era sábado por la mañana y Leo necesitaba zapatillas nuevas. Las suyas tenían un agujero en la puntera que él llevaba semanas ocultando estratégicamente con un calcetín grueso.
La madre lo descubrió un martes por la tarde mientras recogía la ropa. No dijo nada. Simplemente apuntó “zapatillas Leo” en la lista del frigorífico.
Así que ahí estaban los cuatro, en un centro comercial, rodeados de carteles que gritaban rebajas con una urgencia que siempre suena sospechosa.
Leo encontró unas que le gustaban. Blancas con una franja azul. 89,99 euros.
—Ni hablar —dijo el padre, más por reflejo que por convicción.
—Pero papá, tienen un 30% de descuento —respondió Leo, señalando al estante donde colgaba un llamativo cartel amarillo.
Luna ya estaba haciendo cálculos.
—30% de 90 son 27. Así que quedan en 63 euros. Más o menos —dijo, redondeando como quien respira.
—Sigue siendo mucho —respondió el padre.
Entonces Leo vio otro cartel, más pequeño, casi escondido debajo de la estantería: “20% adicional en artículos ya rebajados”.
—¡Papá! ¡Un 20% más! Eso es un 50% en total. ¡La mitad! ¡45 euros! —exclamó con la emoción de quien acaba de descubrir una mina de oro.
Luna levantó la cabeza del móvil.
—No.
—¿Cómo que no?
—No es un 50%. El 20% adicional se aplica sobre el precio ya rebajado, no sobre el original.
Leo la miró como si le hubiera dicho que la Tierra era plana.
—Explícamelo —pidió, casi ofendido.
La madre cogió el móvil y abrió la calculadora. No porque lo necesitara, sino porque sabía que Leo necesitaba ver los números.
—Mira, Leo. Las zapatillas cuestan 90 euros. Primer descuento: 30%. Quitamos 27. Quedan 63 euros. ¿Hasta aquí bien?
Leo asintió.
—Ahora, el segundo descuento: 20%. Pero el 20% de qué. No de 90. De 63. Porque el precio ya cambió.
—El 20% de 63 es... —Leo contó con los dedos, luego se rindió y cogió el móvil de mamá— 12,60.
—Entonces el precio final es 63 menos 12,60. ¿Cuánto es?
—50,40 —respondió Leo. Después miró el cartel de “30% + 20% adicional” con la expresión de quien acaba de descubrir que le están tomando el pelo.
—Espera. ¿Eso no es un 50% de descuento? Es menos de un 50%.
Luna sonrió.
—Es exactamente un 44%. Porque 0,7 por 0,8 es 0,56. Y 1 menos 0,56 es 0,44. El 44% de descuento.
Leo se quedó mirando las zapatillas. Ya no eran solo unas zapatillas. Se habían convertido en una mentira disfrazada de truco matemático golpeándole en sus propias narices.
—Entonces, todos esos carteles de “descuento sobre descuento” son... ¿mentira?
—No son mentiras —intervino el padre—. Pero están diseñados para que pienses exactamente lo que acabas de pensar. Es marketing, no aritmética.
—Black Friday es, básicamente, un examen de porcentajes. Y la mayoría de la gente lo suspende —añadió Luna con esa mezcla de seriedad y diversión que sentía al explicar sus hallazgos.
Leo sentía una sensación agridulce. Tenía unas zapatillas nuevas que a sus padres les habían costado mucho menos que el precio inicial. 50,40 sobre 89,99 euros. Y, a la vez, no se le iba de la cabeza que esa rebaja era tan solo el 44% y no el 50% con el que se había ilusionado inicialmente. Esta sensación desapareció en cuanto el padre preguntó dónde querían comer.
P.D. Esa noche, Leo revisó tres ofertas online “de hasta un 70% de descuento”. Calculó que el descuento real era, en promedio, del 38%. Luna le dijo que había descubierto algo que los economistas llaman “ilusión de descuento”. Leo respondió que él llamaba a eso “timo”. Lo curioso es que, como tantas otras veces, ambos tenían razón.