Matemáticas Extraordinarias

¿Cuánto cuestan tres cuartos de kilo a 8 euros el kilo?

La regla de tres no es una fórmula. Es escribir lo que sabes y seguir la lógica.

May 1, 2026

¿Cuánto cuestan tres cuartos de kilo a 8 euros el kilo?

Era jueves por la tarde y la madre había decidido que esa semana tocaban sardinas.

Leo la acompañó porque no tenía nada mejor que hacer y porque la pescadería del mercado siempre olía a algo que, por alguna razón, no le molestaba. La dependienta seleccionó varias, las puso en papel parafinado y las dejó en la báscula. 750 gramos.

—8 euros el kilo —dijo la madre, mirando el cartel—. ¿Cuánto pagamos?

Leo miró el cartel. Miró la báscula. Miró a su madre.

—¿Es una pregunta de matemáticas?

—Es la vida, Leo.

Él sabía el precio: 8 euros el kilo. Sabía que tenían 750 gramos. Pero entre esos dos datos había una distancia que su cerebro no sabía cómo cruzar. ¿Multiplicaba los gramos por los euros? ¿Dividía por algo? El problema estaba en que el precio se expresaba en kilos y lo que tenían en la bolsa eran gramos, y esa diferencia lo bloqueaba de una forma que no supo explicar en voz alta.

—Seis euros —se adelantó la dependienta, antes de que Leo pudiera articular nada.

Leo asintió como si ya lo supiera. No lo sabía.

La madre no dijo nada. Pagó, recogió el paquete y salió de la pescadería. Eso fue peor que cualquier comentario.

De vuelta a casa, Leo repasó el problema en silencio. Tenía 750 gramos. El precio era 8 euros por kilo, es decir, por 1000 gramos. Sabía que 750 era menos que 1000. Así que el precio final tenía que ser menor que 8 euros. Hasta ahí bien.

Cuando llegaron, sacó un papel y probó. 750 multiplicado por 8 daba 6000. Eso no podía ser el precio. Dividió entre 1000: le salía 6. Cuadraba con lo que había dicho la dependienta. Pero no entendía por qué dividir entre 1000 era lo correcto y no entre 100, o entre 8, o entre cualquier otro número. Y si el precio fuera 7 euros el kilo, ¿haría lo mismo? ¿Y si la compra pesara 300 gramos? Los números cambiaban, pero el método parecía ser el mismo. No estaba seguro de haberlo entendido o, simplemente, de haberlo acertado.

—Luna —llamó a su hermana—, ¿cómo se calcula el precio cuando te dan el precio por kilo pero compras en gramos?

Luna levantó la vista del libro que leía tumbada en el sofá.

—Conviertes gramos a kilos. 750 gramos son 0,75 kilos. Y 0,75 multiplicado por 8 es 6 euros —respondió en modo automático.

—Pero yo lo hice distinto y me salió lo mismo.

—¿Qué hiciste?

—750 por 8 y luego entre 1000.

Luna frunció el ceño durante un segundo.

—Es lo mismo —dijo—. 0,75 por 8 es exactamente 750 por 8 dividido entre 1000. Dividir entre 1000 es lo mismo que convertir gramos a kilos. Son dos formas de escribir la misma operación.

—Entonces los dos métodos son el mismo.

—Sí. Son dos formas de plantear la misma regla de tres.

—¿Qué regla de tres?

Luna dejó el libro.

—Escríbelo —dijo—. Si 1000 gramos cuestan 8 euros, ¿cuánto costarían 750?

Leo cogió el cuaderno:

1000 g → 8 €

750 g → x €

—Ahora cruza —dijo Luna.

Leo escribió: x = 750 × 8 / 1000. Calculó: 6.

—Eso es la regla de tres —dijo Luna—. No es una fórmula que memorices. Es escribir lo que sabes y seguir la lógica hasta el final.

Leo miró el papel. Las dos líneas. Las unidades al lado de cada número. Y de repente la operación no era algo que había que saber de memoria. Era algo que podía construir desde cero cada vez que lo necesitara, con cualquier precio y cualquier cantidad, siempre que escribiera bien lo que ya sabía. Y, en realidad, con cualquier cosa. Sonrió.

—Oye —reflexionó en voz alta—, ¿por qué en el cole nunca lo explicamos así?

Luna no respondió. Volvió a su libro.

Leo se quedó mirando las dos líneas un momento más. Esa tarde en la pescadería, entre el cartel con el precio y la báscula con los gramos, había una relación. Ahora podía verla. Y lo que no se puede ver no se puede calcular, por mucho que uno sepa multiplicar.

Esa misma semana, Leo acompañó a su padre al supermercado y se pasó diez minutos calculando, para cada envase de distinto tamaño, su precio para saber cuál salía más barato. El padre tardó un momento en entender qué estaba haciendo. Luego, le preguntó: ¿cuál nos sale mejor de precio?

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