Matemáticas Extraordinarias

Lo tengo en tres semanas

Las cuentas le salían bien. El problema era que los datos no eran los reales.

May 8, 2026

Lo tengo en tres semanas

Leo llevaba dos semanas con la misma idea fija: unos auriculares inalámbricos que había visto en casa de un amigo. No eran especialmente caros, cincuenta y nueve euros, pero eran suficientemente caros como para que su paga semanal de ocho euros los pusiera fuera de su alcance inmediato.

Lo había calculado mentalmente mientras desayunaba el lunes. A ocho euros a la semana, tardaría entre siete y ocho semanas en llegar solo con la paga. Demasiado.

Pero esa tarde recordó que le quedaba dinero de Reyes sin gastar en el cajón. Veintitrés euros. Lo sumó a lo que creía tener ahorrado de antes: once euros. Treinta y cuatro en total. Cincuenta y nueve menos treinta y cuatro: le faltaban veinticinco. A ocho euros por semana, tres semanas y algo. ¡Mucho mejor!

—Lo tengo en tres semanas —le dijo a su padre en la cena, sin venir a cuento.

El padre levantó la vista del plato.

—¿El qué?

—Los auriculares. Con lo que tengo ahorrado y la paga semanal, en tres semanas llego a cincuenta y nueve.

El padre asintió lentamente, con esa expresión que tenía cuando todavía no quería decir nada.

—¿Has apuntado las cuentas?

Leo no las había apuntado. Las tenía en la cabeza, y en la cabeza le habían salido bien.

Después de cenar sacó un papel. Escribió lo que sabía:

—Tengo: 34 €. Necesito: 59 €. Me faltan: 25 €. Paga por semana: 8 €. Semanas: 25 ÷ 8 = 3,125.

Tres semanas y pico. Las cuentas cuadraban exactamente. El padre había preguntado como si algo estuviera mal, pero los números eran correctos.

Se lo enseñó.

El padre lo leyó en silencio, luego dejó el papel sobre la mesa.

—¿Cuánto tienes exactamente en el cajón ahora mismo?

—Veintitrés de Reyes y once que tenía guardados.

—¿Tienes los once ahora mismo o crees que los sigues teniendo?

Leo se quedó callado. Los de Reyes los había guardado aparte y no los había tocado. Pero los otros once... en algún momento había comprado algo… No recordaba cuándo ni cuánto exactamente.

—Voy a mirar —dijo.

Fue a su habitación, abrió el cajón y contó. Un billete de cinco, cuatro de uno, unas monedas. Nueve euros con setenta.

Volvió al salón.

—Nueve setenta.

—¿Y los veintitrés de Reyes intactos?

—Sí, esos no los he tocado.

—Entonces no tienes treinta y cuatro. Tienes treinta y dos con setenta.

Leo no discutió. Volvió a la mesa, tachó el once y escribió 9,70. Recalculó.

—Tengo: 32,70 €. Necesito: 59 €. Me faltan: 26,30 €. Paga: 8 €/semana. Semanas: 26,30 ÷ 8 = 3,29.

En tres semanas cobraría veinticuatro euros más. Treinta y dos setenta más veinticuatro: cincuenta y seis setenta. No llegaba.

—Casi —dijo Leo.

—¿Cuánto te falta? —preguntó el padre desde el sofá.

—Dos treinta.

—Entonces no es en tres semanas. Es en cuatro.

Leo miró el papel. En la cuarta semana cobraría ocho euros más. Llegaría y le sobraría.

Se quedó un rato mirando las dos versiones del cálculo, la de antes y la de ahora. Las operaciones eran exactamente las mismas. La diferencia estaba solo en el primer número: once versus nueve setenta. Un euro treinta de distancia que había convertido las tres en cuatro semanas.

La ecuación había funcionado perfectamente en ambas ocasiones. Le había dado exactamente la respuesta que correspondía a los datos que había introducido. El problema era que la primera vez, los datos no eran correctos. Había puesto lo que creía recordar, no lo que había en el cajón.

—Las cuentas las hice bien —le dijo a su padre.

—Ya lo sé —respondió el padre.

—El problema era que no sabía exactamente cuánto tenía.

—Eso también lo sé.

Leo dobló el papel y lo guardó. Cuatro semanas. No era un desastre. Solo era más tiempo del que había calculado con datos que no había comprobado.

Cuatro semanas después, Leo llegó a casa con los auriculares en la mochila. Le sobraban dos euros con setenta. Los guardó en el cajón, esta vez apuntando el número en un papel.

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