Leo tenía el teléfono boca abajo encima de la mesa. La madre lo vio desde la distancia.
—¿Cómo tienes las notas de Física?
Silencio. Luego:
—Tengo que mirarlas bien.
Lo que Leo tenía era esto: un cuatro en el primer parcial, un seis en el segundo. Y el oral la semana siguiente, que valía el veinte por ciento.
La madre no preguntó más. Ese silencio hizo más trabajo que cualquier pregunta.
Leo buscó la calculadora. Hizo lo que había aprendido a hacer: multiplicó cada nota por su peso.
Cuatro por cero cuatro. Seis por cero cuatro. Y la incógnita, por cero dos.
El resultado era uno coma seis más dos coma cuatro más X por cero dos. Igual a lo que necesitaba para aprobar.
Necesitaba un cinco.
Cuatro más X por cero dos igual a cinco.
X por cero dos igual a uno.
X igual a cinco.
Leo miró el resultado. Necesitaba un cinco en el oral para aprobar Física. Solo un cinco. Eso le pareció bien.
Luego se quedó mirando los números un momento más.
—Luna.
Luna estaba en su cuarto. Apareció en la puerta con el libro todavía abierto.
—¿Qué?
—Si saco un diez en el oral, ¿qué nota final tengo?
Luna no respondió de inmediato. Leo sabía que eso significaba que estaba calculando.
—Cinco coma ocho —dijo Luna.
—¿Solo?
—El oral vale el veinte por ciento. Aunque saques un diez, solo suma dos puntos ponderados. Tienes cuatro ponderados de los parciales. Cuatro más dos es seis. —Hizo una pausa— Seis puntos sobre diez posibles. Cinco coma ocho.
Leo lo rehízo en el papel. Luna tenía razón.
—Entonces aunque saque un diez no llego al seis.
—No. Para llegar al seis necesitarías que los parciales fueran mejores. El oral ya no puede compensar lo que pasó antes.
Leo no dijo nada. Escribió los números otra vez, despacio.
Parcial uno: cuatro. Cuarenta por ciento. Resultado: uno coma seis.
Parcial dos: seis. Cuarenta por ciento. Resultado: dos coma cuatro.
Oral máximo: diez. Veinte por ciento. Resultado: dos.
Total máximo posible: cinco coma ocho.
La nota de seis que necesitaba para quedar tranquilo ese verano no estaba disponible. No porque fuera a salir mal en el oral. Sino porque los parciales ya la habían cerrado.
—¿Tiene arreglo? —preguntó, aunque sabía la respuesta.
—Este trimestre, no.
Leo cerró el cuaderno. Luego lo volvió a abrir.
—Pero el cinco sí está. Solo necesito un cinco en el oral.
—Eso sí —dijo Luna.
Y se fue a su cuarto.
Hay una pregunta que casi ningún alumno se hace antes de estudiar para el último examen: ¿cuánto puede mover la aguja este examen, como mucho?
La respuesta depende del peso que tiene. Y esa respuesta cambia completamente la estrategia.
Si el examen final vale el cincuenta por ciento, puede rescatarlo todo. Si vale el veinte, puede mover la nota final entre uno coma ocho puntos —desde el mínimo con un cero hasta el máximo con un diez—. No más.
Saberlo no es rendirse. Es saber qué se está jugando de verdad.
Leo necesitaba un cinco. Solo un cinco. Y eso, con lo que había estudiado, estaba al alcance. Ese era el problema real. No el que había imaginado.
Leo aprobó el oral con un seis. La nota final fue cinco coma ocho. Lo redondearon a seis en el boletín.
Esa noche calculó lo que hubiera necesitado en los parciales para haber llegado al siete. Salió que necesitaba haber sacado un ocho y un nueve.
No los había sacado. Pero había hecho la pregunta correcta.