La maleta estaba abierta en el suelo del cuarto de Leo desde el miércoles.
El viaje era el viernes por la mañana: siete días en la costa, en la casa de los abuelos. La madre había puesto un límite desde el primer año en que Leo y Luna fueron con ellos: una maleta mediana, nada más. Lo que no cupiera, no venía.
Leo ya había aprendido que las zapatillas ocupaban la mitad del espacio y que los libros tenían que elegirse con criterio. Pero lo que no había resuelto era la ropa.
—¿Cuántas camisetas llevas? —preguntó la madre, asomándose a la puerta.
—Tres. Y dos pantalones.
La madre miró la maleta.
—¿Y con eso tienes suficiente para la semana?
Leo hizo un cálculo rápido en voz alta.
—Tres más dos son cinco. Cinco combinaciones. Sí, llego.
La madre no dijo nada. Cerró la puerta con suavidad y se fue al pasillo.
Leo empezó a doblar las camisetas. La primera, una blanca. La segunda, azul oscura. La tercera, a rayas. Los pantalones: uno vaquero, uno de tela fina para el calor.
Fue entonces cuando Luna entró sin llamar, como siempre.
—¿Qué haces?
—La maleta.
Luna miró el contenido sin mucho interés y luego a Leo.
—¿Dijiste cinco combinaciones?
—Tres camisetas, dos pantalones. Tres más dos.
Luna hizo una pausa muy breve. El tipo de pausa que hacía cuando lo que tenía delante no merecía mucho esfuerzo.
—Son seis.
Leo levantó la vista.
—Son cinco —repitió—. Tres más dos.
Luna se sentó en el borde de la cama sin que nadie se lo hubiera pedido.
—Coge la camiseta blanca —dijo.
Leo la cogió.
—¿Con qué pantalón puedes ponértela?
—Con el vaquero o con el de tela.
—Dos opciones. Bien. Ahora la azul.
—Con el vaquero o con el de tela.
—Otras dos. Y la de rayas.
—Con el vaquero o con el de tela —repitió Leo y se detuvo.
Luna no dijo nada más. Esperó.
Leo contó mentalmente: dos más dos más dos. Seis.
—Seis —dijo.
—Seis.
Leo miró las camisetas dobladas sobre la cama. No eran más que antes. Los pantalones tampoco habían cambiado. Pero las combinaciones habían aparecido como si siempre hubieran estado ahí y él no las hubiera visto.
—¿Por qué no son cinco? —preguntó, aunque sabía que ya lo había entendido.
—Porque no estás sumando prendas. Estás multiplicando opciones. Cada camiseta se combina con cada pantalón, no con uno solo. Son tres grupos de dos.
Leo asintió despacio.
—Tres por dos.
—Tres por dos.
Hubo un silencio. Luna se levantó para irse, pero Leo siguió mirando la maleta.
—Entonces si llevara cuatro camisetas y tres pantalones...
—Doce —dijo Luna desde el umbral.
Leo ya lo estaba calculando con los dedos. Cuatro por tres. Doce. Sí.
Llegó a doce antes de que la puerta se cerrara.
Esa tarde terminó de hacer la maleta. Cinco días, seis combinaciones. Lo que antes parecía justo, ahora le sobraba.
Hay un salto que los alumnos hacen muy tarde, y a veces sin darse cuenta de que lo han hecho: el paso de contar cosas a contar posibilidades.
Contar cosas es sumar. Contar posibilidades es multiplicar. Son operaciones distintas que responden a preguntas distintas, y el currículum las separa muy poco.
Lo que confunde a Leo no es la multiplicación. La sabe. Lo que no sabe es que el problema le está pidiendo multiplicar. Eso no se aprende con ejercicios del tipo “3 × 2 = ?”. Se aprende en el momento en que ves las camisetas sobre la cama y, de repente, entiendes que cada una tiene que probarse con cada pantalón.
La combinatoria empieza ahí: en reconocer que la pregunta no es “cuántas cosas hay” sino “cuántas formas hay de combinarlas”.