Matemáticas Extraordinarias

La lista que no se dejaba cerrar

Luna lleva una semana con la misma pregunta. En su casa ya lo llaman «sus cosas».

July 24, 2026

Una semana después de lo de las croquetas, la pregunta seguía allí.

No era ya lo de los rectángulos. Eso estaba resuelto. Había números que se dejaban ordenar en filas y otros, en cambio, no. Y los que se negaban se llamaban primos. Lo que se le había quedado dentro a Luna era la siguiente pregunta, la que le apareció mirando el mantel aquella noche: ¿se acaban en algún momento los que se niegan? ¿Hay un último primo, uno gigantesco, y a partir de ahí todos son moléculas?

Le parecía que no. Pero “me parece” era exactamente el tipo de respuesta que no le valía.

Llevaba días cazándolos a ratos sueltos. En la toalla, mientras Leo se bañaba. En la cola del súper. Los primos iban saliendo (diecisiete, diecinueve, veintitrés), cada vez más espaciados, eso sí. Como si el terreno se fuera agotando. A lo mejor sí se acababan.

—¿Qué escribes? —preguntó la madre el martes, viéndola con el cuaderno abierto sobre la mesa del porche.

—Nada. Números.

—¿Todavía estás con eso?

Lo dijo sin malicia, con la media sonrisa de quien ya conoce el paño. En casa aquello tenía nombre desde hacía años: sus cosas. Luna está con sus cosas. Sus cosas eran un cajón donde cabía todo lo que Luna hacía sin que nadie se lo pidiera y que nadie sabía muy bien para qué servía. Ella tampoco lo sabía. Servir, lo que se dice servir, no servía para nada. Era otra cosa: no podía dejarlo a medias.

Esa tarde probó otro camino. Si los primos se acabaran, tendría que poder imaginarse la lista completa: todos los primos que existen, del primero al último. Dos, tres, cinco, siete y así hasta el final, el primo gigante que cerraba la lista. Bien. ¿Y después qué?

Y entonces se le ocurrió la travesura: multiplicarlos todos. Todos los de la lista, del primero al último. Un número monstruoso. Y al resultado, sumarle uno.

Ese número nuevo no estaba en la lista, claro, era muchísimo más grande que el último. Pero lo interesante era otra cosa: no era divisible por dos porque al dividirlo entre dos, sobraba uno. Ni entre tres: también sobraba uno. Ni entre cinco, ni entre siete, ni entre ninguno de la lista. Siempre sobraba ese uno que le había sumado. El monstruo dejaba resto uno al dividirlo entre todos los primos.

Luna se quedó quieta con el boli en el aire.

Porque eso no podía ser. Todo número o es primo o se puede dividir en primos; eso lo había visto ella misma con las croquetas. Y este no se dejaba partir por ninguno de la lista. Así que solo quedaban dos salidas: o el monstruo era primo él mismo o lo partía algún primo que no estaba en la lista. En ambos casos, la lista estaba incompleta. Y daba igual qué lista fuera: la jugada funcionaba contra cualquier lista que pretendiera ser la última. Ninguna podía cerrarse.

Los primos no se acababan. No era “me parece”. Era seguro.

Lo comprobó a lo pequeño, por gusto: dos por tres, más uno, siete. Primo. Dos por tres por cinco, más uno, treinta y uno. Primo. El siguiente, doscientos once. Primo. Se vino arriba: dos por tres por cinco por siete por once por trece, más uno, treinta mil treinta y uno. Estuvo un rato largo dividiendo hasta que lo encontró: cincuenta y nueve por quinientos nueve. No era primo. Se le escapó una carcajada corta, sola en el porche, porque hasta eso era bonito: el truco no prometía que el monstruo fuera primo, prometía que sus piezas serían primos nuevos. Y cincuenta y nueve y quinientos nueve no estaban en su lista. La lista, otra vez, incompleta.

—¿De qué te ríes? —preguntó Leo, al pasar con una manzana.

—De un número.

Leo se fue sin preguntar más, con la prudencia de quien no quiere que le den más explicaciones. Luna cerró el cuaderno. No se lo contó a nadie durante la cena, y no por guardárselo: es que ya había aprendido el precio de soltarlo. La última vez le habían pasado el pan.

Por fuera, aquella semana de Luna fue esto: una chica callada que apuntaba números en un cuaderno y, a veces, se reía sola. Manías. Por dentro había pasado algo que no le cabía en el pecho: había hecho una pregunta que parecía imposible de contestar, porque nadie puede revisar infinitos números, y la había contestado igualmente, con una trampa hecha de puro pensamiento. No sabía cómo se llamaba eso que había hecho. Sabía que quería volver a hacerlo.

Eso que hizo Luna tiene un nombre: demostración. Y la suya tiene 2.300 años: un señor llamado Euclides la dejó escrita en un libro de título sencillo: “Elementos”. Luna lo descubrió esa noche buscando en el móvil, y lo que sintió no fue decepción por llegar tarde. Fue compañía. Era la segunda vez este verano que le pasaba.

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