La paella llevaba una hora siendo el centro del mundo, así que nadie vio venir el momento en que la abuela soltó la pregunta de todos los veranos:
—¿Y las notas, qué tal este año?
—Yo aprobé mates —dijo Leo, y lo dijo rápido antes de que nadie contestara por él—. Con un seis.
Hubo un pequeño alboroto. El abuelo levantó el vaso; la tía dijo “así se hace”; la madre contó lo del oral de junio, aquella semana de nervios y cuentas en la cocina. Leo se dejó querer con la cara colorada. Se había ganado ese seis metro a metro, y en la mesa se notaba.
—¿Y tú, Luna?
—Todo sobresaliente.
—Claro —dijo la abuela, con una sonrisa ancha—. Como siempre. Esta niña nunca falla.
Y ya está. Eso fue todo. La conversación pasó a otra cosa, porque lo de Luna no era noticia: era el paisaje. Nadie pregunta cómo está el mar por estar mojado.
Luna removió el arroz con el tenedor. No le dolía exactamente. Era más raro que eso: le parecía justo. El seis de Leo contenía una historia (un mal abril, un plan, una remontada) y sus dieces no contenían nada. Se acordaba de todos los exámenes del curso y no se acordaba de haber estudiado para ninguno.
—El seis de Leo tiene más mérito que mis dieces —dijo, en voz alta, porque le pareció simplemente verdad.
La mesa entera se le echó encima, con cariño, que es la peor manera.
—¡No digas eso, mujer! —la tía—. Tú eres brillantísima.
—Cada uno vale para lo suyo —el abuelo.
La habían oído decir una cosa que no había dicho. Creyeron que se quitaba valor y corrieron a devolvérselo. Luna asintió, sonrió lo justo y no lo intentó otra vez. Le pasaba mucho últimamente: decía algo desde un sitio y se lo contestaban desde otro.
En la siesta, mientras la casa entera dormía con las persianas a media asta, lo pensó a su manera, que era la única que le servía. En el fondo era un problema de medir. La nota decía una cosa: dónde estás. Un punto en una escala del cero al diez. Leo estaba en el seis y ella en el diez, y si solo mirabas eso, no había discusión.
Pero había otra medida posible: cuánto te has movido. Leo había empezado el curso en el tres, perdido, copiando procedimientos que no entendía. Su seis eran tres puntos de camino andado, cuesta arriba y con viento en contra. Ella había empezado en el diez y había terminado en el diez. Desplazamiento: cero. Un año entero quieta en el mismo sitio, con la diferencia de que su sitio quedaba muy alto y desde fuera parecía un triunfo.
Dos medidas del mismo curso. La primera decía “Luna va mejor que Leo”. La segunda decía que Leo había hecho un viaje y ella no había salido de casa. Y la abuela, la tía, el colegio entero, el mundo entero en realidad, solo sabían leer la primera.
Se quedó mirando las rayas de luz en la persiana. Pensó que un diez así, un diez que no se mueve, no sabía a nada. Como masticar con la nariz tapada: la forma estaba, el sabor no. Y pensó otra cosa, más incómoda: que si nada te cuesta, nunca sabes cuánto puedes empujar. Leo sabía exactamente cuánto era capaz de remontar, lo había medido este curso, tres puntos con viento en contra. Ella no tenía ni idea de dónde estaba su límite. Nunca lo había visto de cerca.
En la merienda, la abuela le puso delante un trozo de coca de llanda y le acarició el pelo.
—Tan lista y tan poquita cosa que come.
Luna se comió la coca. Eso sí sabía.
Esa noche, de vuelta, Luna hizo una cosa pequeña que no le contó a nadie: buscó cuánto costaba el libro de matemáticas del curso siguiente. No para adelantarse. Para ver si en algún sitio, aunque fuera en el índice, había algo que se le resistiera. Le habían sobrado tres puntos toda la vida; quería saber a qué sabía necesitarlos.