Matemáticas Extraordinarias

El libro que se acabó en dos semanas

Luna consiguió el libro del curso siguiente. Le duró quince días.

August 14, 2026

El libro llegó un martes, en una caja con demasiado cartón para lo que traía. Matemáticas del curso que Luna empezaría en septiembre.

Lo había pedido la madre, en realidad. Luna solo había preguntado el precio en voz alta, una noche, y la madre, que llevaba todo el verano viéndola rara sin saber ponerle nombre, ató sus propios cabos: se aburre, va sobrada, pues démosle lo siguiente. Lo contó en la cena con cierta ilusión de haber acertado por fin.

—Así vas abriendo boca para septiembre.

Luna le dio las gracias de verdad. Era, de todas las respuestas equivocadas, la que más cariño llevaba dentro.

Y durante unos días pareció la respuesta correcta. El libro era nuevo, olía a nuevo, traía cosas que Luna no había visto: logaritmos, sobre todo, unas criaturas con pinta de importantes. La primera tarde cayó el primer tema. Un logaritmo era la pregunta al revés: no “¿cuánto es diez elevado a tres?”, sino “¿a cuánto hay que elevar diez para que dé mil?”. Le gustó ese giro. Prometía. Se aprendió las reglas del juego en dos tardes: el logaritmo del producto es la suma, el del cociente es la resta, los exponentes bajan multiplicando. Hizo los ejercicios impares del primer bloque, luego los pares, por completismo.

La segunda semana el libro ya no olía a nuevo. La tercera mañana de la segunda semana, Luna resolvió los últimos ejercicios de autoevaluación del último tema, cerró el libro, lo cuadró con el borde de la mesa y se quedó mirándolo.

Ya está. Se había acabado.

Y entonces notó algo que no esperaba: el vacío era exactamente el mismo que antes del libro. Idéntico. Ni un milímetro más pequeño. Había corrido un curso entero en quince días y estaba en el mismo sitio: sentada en su cuarto, en agosto, sin nada que pensar.

Porque eso era lo que el libro no traía, cayó en ello poco a poco. El libro incluía temas nuevos, pero el trabajo era el de siempre: mira el ejemplo, aplica la regla, comprueba la solución al final. Cada ejercicio se moría en su respuesta. Ninguno le preguntaba nada de vuelta. Los logaritmos habían prometido mucho con aquel giro de la pregunta al revés, y luego el libro los había convertido en lo de siempre: gimnasia. Correcta, útil, terminable. Sobre todo terminable.

—¿Ya te lo has acabado? —la madre, ese mediodía, entre la sorpresa y el orgullo—. Qué máquina eres, hija.

—Sí —dijo Luna.

No dijo lo otro. Que acabárselo era precisamente el problema. Que ella no quería un libro que se acabase: quería una pregunta que no se terminase. No lo dijo porque no sabía decirlo todavía y porque la madre estaba contenta y estropear eso no arreglaba nada.

Esa tarde volvió al cuaderno viejo, el de sus cosas. Ahí seguía la pregunta de julio, la de si los primos se acaban, con su demostración copiada a limpio, y las nuevas que habían ido saliendo de ella como ramas: ¿cada cuánto aparecen? ¿Por qué a veces vienen de dos en dos, el once y el trece, el diecisiete y el diecinueve? ¿Se seguirán juntando así hasta el infinito? Buscó un rato y encontró que esa última nadie la había contestado todavía. Nadie. En dos mil años.

Sonrió. Eso. Eso era lo que el libro no tenía.

Un libro se acaba y una pregunta buena no, esa era toda la diferencia, y nadie parecía verla más que ella. Su madre le había regalado velocidad cuando lo que le faltaba era fondo. Cómo darle a alguien que tiene sed un pasillo más largo.

Por si te lo preguntas: lo de los primos que vienen de dos en dos se llama conjetura de los primos gemelos, y sigue abierta. Luna apuntó el nombre en su cuaderno, en la lista de preguntas pendientes, entre una suya y otra suya. Sin distinguirlas. En eso consiste, aunque ella aún no lo sepa.

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