Eran cinco en la mesa de la heladería, con la propina justa de agosto y una duda importante: si pedían la copa gigante para compartir, que estaba de oferta con el treinta por ciento, ¿salía mejor que pedir cinco cucuruchos?
—A ver, la copa son dieciocho... menos el treinta... —Carla tecleaba en el móvil con el ceño fruncido—. ¿El treinta de dieciocho cuánto es?
—Pon dieciocho por cero coma tres —dijo Nerea.
—¿Y eso qué me da, lo que pago o lo que me quitan?
Luna lo tenía desde hacía rato. El treinta por ciento de dieciocho, cinco cuarenta; la copa se quedaba en doce sesenta; entre cinco, dos cincuenta y dos por cabeza. Los cucuruchos eran a tres. La copa ganaba: medio euro por barba, casi. Lo tenía entero, redondo, con su conclusión y todo, apoyado en la punta de la lengua.
Se comió la respuesta con un sorbo de agua.
No fue un impulso. Fue una decisión pequeña y vieja, de esas que ya no se toman porque se tomaron hace años y quedaron tomadas para siempre. Sabía exactamente qué pasaba si la soltaba. No era nada terrible: nadie se metía con ella, sus amigas la querían. Era más fino que eso. Un silencio de medio segundo, un “hala, qué rápido”, la calculadora del grupo. La niña lista. Y la conversación seguiría, pero ella ya estaría un pasito fuera, en el sitio ese donde te ponen cuando resuelves demasiado rápido lo que los demás disfrutan resolviendo despacio.
Lo había aprendido en quinto de primaria, con nueve años, el curso en que levantar la mano dejó de salirle gratis. No se acordaba del día exacto, pero sí del descubrimiento: que sus respuestas, dichas en voz alta, cambiaban la temperatura de la clase. Y una niña de nueve años que nota eso no necesita que nadie le explique qué hacer. Lo hace y ya está: baja la mano, se equivoca de vez en cuando, adrede, en las cosas pequeñas, deja que otros lleguen primero. Se afina el disfraz año a año hasta que el disfraz se pone solo.
—¡Doce sesenta! —anunció Carla por fin, victoriosa—. Entre cinco... —volvió al móvil—. ¡Dos cincuenta y dos! Sale mejor la copa.
—Qué crack —dijo Nerea.
—Pedidla ya —dijo Luna, sonriendo—, que me muero de calor.
Y la tarde fue estupenda, esa es la parte que nadie cuenta bien. Se rieron muchísimo. Luna quería a esas chicas, y el precio de estar dentro le parecía barato: solo había que no ser una parte de sí misma en público. Se paga sin pensar, como se paga el IVA, incluido en todo.
Solo hubo un momento, uno, en que el disfraz pesó. Carla, rebañando el fondo de la copa, dijo que ella para las mates era negada, que menos mal que existían las calculadoras. Y Nerea dijo que todas, hija, que para eso están. Todas. Luna asintió con la cucharilla en la boca y notó la palabra pasarle por encima como una manta en agosto. Todas. Hasta ella misma votaba a favor de su propio escondite.
Su madre le preguntó esa noche qué tal la tarde.
—Muy bien —dijo Luna.
Y era verdad. Su madre la miró un segundo más de lo normal, como quien nota que a una foto le falta algo y no sabe qué. No preguntó más. Por fuera no había absolutamente nada que preguntar: una adolescente estupenda, sociable, feliz, que había pasado la tarde con sus amigas y no había sobresalido en nada.
Ninguna señal. Esa era la señal.
De todo lo que Luna calcula, lo más difícil no lleva números: es la cuenta diaria de cuánto puede enseñar y cuánto debe guardar. Hay muchas personas como Luna. Los estudios sobre altas capacidades llevan años avisando de que a las niñas se las identifica bastante menos, y no porque tengan menos capacidad: porque se esconden mejor. El disfraz funciona. Ese es el problema.