La última noche de agosto los ocho acabaron donde acababan siempre, en el muro bajo del paseo, con las bicis tiradas de cualquier manera y el mar sonando detrás sin que nadie se volviera a mirarlo. Al día siguiente se iban tres. El jueves, dos más. Luna se iba el sábado.
Nadie dijo en voz alta que era la última noche. Por eso se rieron más fuerte de lo normal durante dos horas.
A la una y media Bea miró el móvil, dijo un “me matan” y se levantó. Y entonces empezó.
Bea abrazó a Marco. Abrazó a Nora. Abrazó a Luna y le dijo al oído una tontería que las dejó a las dos riéndose con la frente pegada. Abrazó a los otros cuatro, uno por uno, sin saltarse a ninguno, y se fue calle arriba andando hacia atrás y diciendo adiós con la mano hasta la esquina.
Cuando Luna volvió a sentarse en el muro ya estaba contando.
No lo decidió. Le pasa desde siempre: los números se le encienden solos, como a otra gente se le enciende un recuerdo con un olor. Siete abrazos había dado Bea. Uno por cada persona que quedaba en el muro. Y en el muro quedaban siete personas que todavía tenían que despedirse entre ellas.
Empezó por lo pequeño, que es como se empieza. Si fueran dos, un abrazo y a casa. Si fueran tres, tres. Si fueran cuatro, se puso a dibujarlo con el dedo en el polvo del muro, cuatro puntos y todas las rayas entre ellos: seis. Cinco puntos: diez. La cosa no iba subiendo de uno en uno, iba subiendo cada vez más deprisa, y le gustó descubrir por qué. Cada persona nueva que llega al grupo no añade una despedida: añade una por cada persona que ya estaba. El sexto añade cinco. El séptimo, seis. El octavo, siete.
Uno, tres, seis, diez, quince, veintiuno, veintiocho.
Y luego lo vio por el otro lado, que era más bonito. Cada uno de los ocho se despide de los otros siete: ocho por siete, cincuenta y seis. Pero en un abrazo hay dos personas, así que cada abrazo lo había contado dos veces, una por cada brazo. La mitad. Veintiocho.
Veintiocho despedidas en aquel muro. Media hora larga de gente levantándose, rodeando a los demás, sentándose otra vez.
—Nora —dijo—. ¿Sabes que aquí esta noche van a darse veintiocho abrazos?
Nora tardó un segundo en aterrizar.
—Qué cosas cuentas tú, Luna.
Y le pasó el brazo por encima del hombro y se quedó así, mirando el mismo trozo de calle vacía por donde se había ido Bea. No fue un desprecio. Fue cariño y fue el final de esa conversación, las dos cosas a la vez, y Luna se apoyó en ella y no dijo nada más, porque llevaba desde los diez años sabiendo distinguir entre una puerta cerrada y una puerta que simplemente no está.
Lo demás lo pensó sola, que era donde lo pensaba todo.
Pensó que el verano en que fueron cinco se despidieron en un momento, diez abrazos y a dormir, y que este había durado media hora, y que no era porque se quisieran más: era porque eran más. Pensó que si el año que viene aparecía uno nuevo serían treinta y seis, ocho más de golpe. Pensó, y esto le dio un pinchazo raro en algún sitio, que un amigo más no añade un adiós, añade ocho. Que por eso los grupos grandes duelen más al deshacerse, y que la cuenta lo decía antes que la tristeza.
El sábado, en el coche, su madre la vio muy callada mirando por la ventanilla y le preguntó si estaba triste.
—Sí —dijo Luna.
Y lo estaba. Estaba triste y estaba calculando cuántas rayas hacían falta para unir treinta puntos, las dos cosas al mismo tiempo, sin que ninguna le quitara sitio a la otra. Su madre le apretó la rodilla y la dejó en paz, convencida de que la niña iba pensando en sus amigos.
Iba pensando en sus amigos. Exactamente en eso.
Esa cuenta tiene nombre y tiene siglos: son los números triangulares, y sirven para lo mismo en sitios que no se parecen en nada. Cuántos brindis hay en una mesa. Cuántos partidos tiene una liga de ocho equipos si todos juegan contra todos. Cuántos apretones de manos en una reunión. Nadie se lo enseñó a Luna. Le salió contando abrazos en un muro, la última noche del verano.