La hoja llevaba cuatro días en la mesa de la cocina, debajo del frutero, con una esquina levantada por la humedad.
Se la había dado Marta el lunes, al salir de clase, sin darle importancia: la olimpiada matemática, la fase local era en noviembre, había que apuntarse antes del viernes, y le parecía que Luna debía presentarse. Lo dijo así, en dos frases, mientras borraba la pizarra. Luego se marchó a la siguiente clase, con esa naturalidad de quien acaba de dejar una bomba encima de una mesa sin enterarse.
El martes Luna se bajó los exámenes de otros años, por curiosidad. Y se encontró con este:
Demuestra que en una ciudad de medio millón de habitantes hay al menos dos personas con exactamente el mismo número de pelos en la cabeza.
Lo primero que sintió fue fastidio, porque le pareció una tontería imposible de responder. ¿Cómo va a saber nadie cuántos pelos tiene la gente? Nadie los ha contado. No hay datos. No hay manera.
Y entonces, a los diez minutos, lo vio, y fue como si alguien encendiera la luz de una habitación en la que llevaba rato a tientas.
No hacía falta contar ni un solo pelo.
Una cabeza no llega a doscientos mil pelos. Eso lo puedes acotar, es un hecho del mundo, ninguna cabeza humana pasa de ahí. Así que el número de pelos de cualquier persona de esa ciudad es un número entre cero y doscientos mil: doscientos mil cajones posibles, ni uno más. Y en la ciudad hay medio millón de personas. Si repartes medio millón de personas en doscientos mil cajones, aunque las repartas con el mayor cuidado del mundo, aunque intentes que no coincidan, hay más gente que cajones y en algún cajón tiene que haber dos.
Ya está. Está demostrado. Hay dos personas en esa ciudad con exactamente el mismo número de pelos.
Luna se quedó mirando la pantalla con una sonrisa rara. Porque lo mejor no era eso. Lo mejor era lo otro: que sabía con total seguridad que esas dos personas existen, y no iba a saber nunca quiénes son. No podía señalarlas. No podía buscarlas. La demostración le daba una certeza absoluta sobre alguien a quien jamás va a conocer.
Bajó a la cocina con eso ardiéndole.
—Leo. Escucha esto. En una ciudad grande hay seguro dos personas con los mismos pelos exactamente.
Leo levantó la vista del bocadillo.
—¿Y cómo lo sabes?
—Por los cajones. Hay más gente que números de pelos posibles.
—¿Cajones? ¿Qué cajones?
Luna se lo explicó.
—Ya, pero eso no es matemáticas. No has calculado nada. —concluyó Leo
Y volvió al bocadillo.
—¡Qué cosas se te ocurren! —dijo su madre camino de la terraza con todo el cariño del mundo. Exactamente lo que dice la gente cuando algo le resbala.
El miércoles Luna leyó otro problema, y otro, y le gustaron todos.
El jueves ordenó su cuarto, dos veces.
El viernes por la mañana la hoja seguía debajo del frutero, sin firmar, y Luna la miró mientras desayunaba y notó perfectamente lo que pasaba, porque una de las cosas incómodas de tener la mente rápida es que también sirve para verte a ti misma con claridad y no poder hacer nada.
No era que no supiera. Sabía. Los problemas le encantaban.
Era que en la olimpiada hay una lista con los resultados. Es un sitio donde te miran. Y ella, desde los nueve años, ocupa un puesto muy concreto en el mundo: la que sabe. No es un puesto especialmente cómodo, ya lo ha contado, pero es suyo y es el único que tiene. Y si se presenta y no clasifica, si le sale un problema que no ve, si llega la mitad de lejos que un chaval de otro instituto, entonces qué. Entonces resulta que no era para tanto. La única persona del mundo que va a puntuar ese examen con dureza no está en el tribunal.
El problema de los pelos le había gustado tanto, entre otras cosas, porque no había nadie mirando.
La hoja se quedó en la mesa. El lunes Marta le preguntó al salir, sin drama, si la había entregado.
—Se me pasó —dijo Luna.
Y Marta dijo bueno, mujer, el año que viene, y se fue a su siguiente clase. Y nadie, en ningún sitio, anotó nada, porque para que se note que alguien se ha caído hace falta que alguien estuviera mirando.
El principio del palomar, que es como se llama la idea de los cajones, es una de las herramientas más raras de las matemáticas: demuestra que algo existe sin enseñarte dónde está. De aquellas dos personas con los mismos pelos no sabremos nunca quiénes eran. De los chavales que no se presentan, tampoco.