Matemáticas Extraordinarias

Treinta y uno

Una regla que se cumple cinco veces seguidas no está demostrada: lo que aprende una chica con altas capacidades cuando su patrón falla en el sexto caso.

October 9, 2026

La sala de espera del ortodoncista tenía doce sillas, una planta de plástico y una televisión sin volumen en la que alguien hacía croquetas. Leo tenía cita a las seis y cuarto para que le apretaran los hierros. A las seis y media seguían allí.

Luna había ido de acompañante porque su madre salía tarde, y había cometido el error de no llevar libro. Le quedaban un boli y un folleto de blanqueamiento dental con la parte de atrás en blanco.

Dibujó un círculo. Le salió torcido, así que lo repasó alrededor de una moneda de dos euros que encontró en el abrigo. Un círculo pequeño, limpio.

Puso un punto en el borde: un solo trozo, el círculo entero. Puso otro y los unió con una línea: dos trozos. Un tercero, todos unidos con todos: un triángulo en medio y tres casquetes alrededor. Cuatro.

Con cuatro puntos salieron seis líneas, dos de ellas cruzadas por dentro como el armazón de una cometa. Contó con cuidado. Ocho.

Uno, dos, cuatro, ocho.

No le hizo falta pensarlo: se dobla. Lo vio igual que se ve que un grifo gotea.

Antes de dibujar el quinto punto ya sabía lo que iba a salir. Trazó las diez líneas despacio, sin salirse, y en el centro apareció una estrella de cinco puntas con un pentágono dentro. Fue escribiendo un número diminuto dentro de cada trozo para no contar dos veces el mismo. El último número fue el dieciséis.

Dieciséis.

Tuvo la misma sensación de la sobremesa de los vasos, una especie de calor tranquilo en el pecho: la de quien ha dicho algo antes de comprobarlo y luego lo ha comprobado.

—Con seis, treinta y dos —dijo en voz alta, sin levantar la vista.

Leo, que estaba a su lado con el móvil, se quitó un auricular.

—¿Treinta y dos qué?

—Trozos. Va doblando.

—Vale —dijo Leo, y se volvió a poner el auricular.

Luna dibujó el sexto círculo alrededor de la moneda y repartió los seis puntos como las horas de un reloj: las doce, las dos, las cuatro, las seis, las ocho, las diez. Quince líneas. Al final el centro era un enredo de rayas en el que apenas cabía la punta del boli. Numeró los trozos uno por uno.

Treinta.

Volvió a contar desde el principio. Treinta.

Lo primero que pensó fue que el dibujo estaba mal. Con una moneda de dos euros no hay sitio para quince líneas; seguro que un trozo diminuto se le había quedado dentro de otro. Se acercó el folleto a la cara y miró el centro.

Y tenía razón, a medias. Las tres líneas largas, las que unían cada punto con el de enfrente, se cruzaban las tres en el mismo sitio exacto, justo en el centro. Donde debería haber un triangulito no había nada: las tres líneas se habían apretado en un solo punto y el triángulo había desaparecido aplastado entre ellas.

No era la regla. Era el reloj.

Dibujó un séptimo círculo. Esta vez puso los seis puntos sin orden, donde caían, como gotas en una ventana. Quince líneas otra vez. En el centro, ahora sí, apareció el triangulito, tan pequeño que tuvo que numerarlo por fuera con una flecha.

Contó. Treinta y uno.

Contó otra vez, tapando con el dedo los que ya llevaba. Treinta y uno.

—¡Leo! —dijo la enfermera desde la puerta.

Leo se levantó, miró el folleto por encima del hombro de su hermana y vio el número rodeado con un círculo.

—¿No eran treinta y dos?

—Treinta y uno.

—Pues no dobla —dijo, y entró.

Luna se quedó mirando los siete círculos en fila. Lo primero fue rechazo, casi físico. Cinco veces seguidas se había cumplido. Uno, dos, cuatro, ocho, dieciséis. Una regla así no se rompe por uno.

Pero se había roto por uno, y el uno estaba ahí, con su flecha.

Tardó un rato en hacerse la pregunta buena, y cuando se la hizo se le olvidó la sala de espera. Si no estaba doblando, ¿qué estaba contando? Cada trozo nuevo lo fabricaba una línea al atravesar el círculo, y cada vez que esa línea cruzaba a otra, fabricaba uno más. Los trozos venían de las líneas y de los cruces. Y las líneas y los cruces crecen a su manera, no doblando. Que durante cinco puntos coincidieran con el doble había sido casi un accidente.

Se acordó de los palotes de la servilleta. Veintiuno contra nueve. Habían convencido a su padre, y a ella le había parecido suficiente. ¿Demostraban algo? Cinco casos la habían convencido a ella hacía veinte minutos, y estaba equivocada.

Leo salió con la mandíbula dolorida y ganas de irse. No volvió a preguntar por el folleto. Para él aquello había sido un comentario suelto en una sala de espera.

Nadie más sabía que se había equivocado. Ella sí, y era lo más interesante que le había pasado en toda la semana.

La fórmula n² + n + 41 da un número primo para n = 0, 1, 2… y así hasta 39. Cuarenta veces seguidas. Euler ya la conocía en 1772. Con n = 40 da 1.681, que es 41 por 41. Si cinco casos convencen, cuarenta deberían bastar. No bastan.

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